Javier Rodríguez Crespo, In memoriam

Eran los primeros años del milenio, cuando los caminos de Javier y el mío se cruzaron. Había gente que me hablaba de una solución informática de entorno web que permitía buscar en infinidad de documentos. Por aquel entonces, como ahora, mi labor profesional consistía en la comercialización de servicios de digitalización. Así pues, desde el primer momento, vi clara una sinergia que podía dar mucho de sí.

En uno de sus viajes a Barcelona, en 2005, mientras comíamos, le conté lo que entonces era sólo un proyecto y que hoy es una realidad. Una empresa que, además de digitalización, pudiera ofrecer la puesta en línea de sus fondos digitalizados, implementando la solución que él ofrecía. La idea le pareció bien, pero había un problema: mi relación laboral con la empresa para la que entonces trabajaba, no me permitía comercializar otro servicio que no fuera el suyo propio. Deberían pasar aún cinco años para poder hacer realidad esa idea que, allá por 2005, era sólo eso, una idea. Y en 2011 nació Imthe, convirtiéndose en la única empresa distribuidora de los servicios de Cran Consulting.

Javi me ayudó mucho, tanto en lo personal como en lo profesional. No sabría contar los kilómetros hechos con él: Madrid, Barcelona, Girona, Lleida, Tarragona, Móra la Nova, Malgrat de Mar, Ripoll, Vic, Toledo, Ciudad Real, Figueres, Bilbao, Salamanca, Cádiz, Pamplona, Ibiza, Menorca, Valencia,… y seguro que me dejo alguno…

Persona buena donde las haya. Trabajador infatigable. Honesto. No se daba importancia. Cuando te desarrollaba algún aplicativo, decía que él se dedicaba a eso, a hacer “chuminadas campestres”.

Era divertido. No se me borrará de mi memoria el viaje que hicimos de Barcelona a Girona, en el que me explicó su “mili”. Para reír y no parar. A mis hijos les llamaba “mis sobrinillos” y siempre me preguntaba, tras hablar con él de cuestiones profesionales: “Bueno, ¿y qué más me cuentas?”

Y con su Chrysler Saratoga nos fuimos a Salamanca, a reunirnos juntos por primera vez con uno de mis mejores clientes, la Universidad Pontificia de Salamanca. Me dejó, de vuelta en Madrid Puerta de Atocha, y no quiso irse hasta que no llegó la hora de coger mi AVE.

Sabía sacar tiempo para ayudarte de manera desinteresada y, a la vez, te decía las cosas tal como eran, sin importarle lo que pudieras pensar de aquello, sólo por tu bien.

Fue, en definitiva, una persona querida, que ha dejado en los corazones de quienes le tratamos y conocimos, una huella imborrable. Seguro que ahora, en el Cielo, estará indexando cualquier cosa, o poniendo en orden la telefonía.

Javi, que en paz descanses, y nos vemos -si Dios quiere- en el Cielo.

¡¡Hasta siempre!!

 

 

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